Las noches de santiago
Cuando salgo del trabajo, en esta época del año, la oscuridad ya tiene fuerte presencia en la ciudad. Entro al metro y observo los rostros agotados de los pasajeros. A veces me imagino qué podrían estar pensando. Pero después del gimnasio estoy tan cansada y al mismo tiempo inquieta que hacer tal ejercicio mental sólo me cansa o me inquieta más. Bajo siempre en la misma estación y al llegar a la superficie, me quedó unos instantes atrapada mirando los árboles de la plaza egaña y la fuente. Para minutos después correr a la parada del autobús y subirme a un transporte público nuevamente. No siempre hago esa ruta, pero cuando quiero caminar después por la plaza ramón cruz, la realizo.
Anoche mientras caminaba observaba los árboles y miraba las sombras que se dibujaban, me senté en una banca por unos instantes y el frío nocturno parecía, más que espantarme, envolverme de manera atrayente. Esa sensación me vitalizó y me llenó de una energía pausada y tranquila. Las noches de santiago son para mí algo así como el grial, algo que realmente espero, un momento íntimo en que me siento conectada con la naturaleza o con mi entorno. Creo que es el momento en que más puedo acercarme a lo que me rodea, porque está calmo y tranquilo, no tiene esa inquietud y movimiento de los días.
Aunque no le tengo un gran afecto al cemento o a los edificios, puedo admirar su arquitectura y sentirme en agrado al observar los ángulos que se forman con la tierra y con el cielo. Anoche observaba un edificio justo frente a mí y en mi mente lo descomponía en sus partes conformantes, determinaba la materialidad de su estructura soporte y pensaba en mi hermano mayor, aquéllas noches en las que le ayudé a hacer maquetas para la universidad. Me gustaban esas noches. Me gustaban bastante e incluso a veces las extraño. Creo que no supe apreciarlas bien cuando las viví, aunque si fui consciente de que me gustaban, esa cercanía con él me alegraba. Me hacía sentir parte de algo, por un lado era sólo nuestro pero también era un momento familiar, en ese instante era su hermana, su ayudante y también un poco su amiga.
Pensé en eso anoche hasta que comencé a sentir que se me entumecían las manos y que me dolían un poco los huesos por el frío. Ahí me levanté de la banca y caminé hasta mi apartamento. Las noches en santiago me cautivan, siempre tienen algo nuevo, algo único y sutil, algo que me hipnotiza.



