The Magdalena´s Issue
Mi nombre completo, o por lo menos mis dos primeros nombres ya no los uso, desde febrero de este año o quizás un poco antes fui abandonando mi primer nombre por no representarme y por, de alguna manera, recordarme mi peor lado. Esa parte de mí, que está bajo ese nombre, fue algo muy dulce, abnegado y poco valorado... el lado que siempre sufría en silencio y que nunca decía: estoy triste. Que ofrecía la otra mejilla una y mil veces sin siquiera pensarlo, que no se le pasó por la cabeza términos como: respeto a uno mismo, espacio personal o defensa de lo que realmente uno es. Por no interrumpir los procesos de crecimiento de los otros me callé muchas cosas y también, reconozco, silencié lo que realmente quería por miedo. Protegí aquello que amaba realmente callándolo, diciendo la segunda opción para que los que pudiesen arrebatármelo no lograsen hacer el daño que buscaban hacer, sin embargo igual sufrí. Lloré amargas y largas noches sintiéndome no valorada, incomprendida, solitaria y triste. Algo así como un ser arrojado en el planeta y que tenía que respirar porque no vendrían a buscarle...
Me cansé de ser esa persona y comencé a buscarme a mí misma, a recorrer el camino del héroe y pasar mis propias pruebas para darme cuenta de quién soy, obviamente eso que soy salía libremente cuando me relajaba, cuando no pensaba en quién era, si no que sólo lo era y ya. Descubrí que mi apodo era realmente el nombre que me hacía sentir yo, que evidenciaba mi dulzura y que tenía suficiente fuerza como para mostrar mi valentía, también podía ser cruel como las marcas que aun me quedaban de heridas pasadas y que a veces también causaban heridas a quienes me querían. Descubrí que era sincero y que era confiable, que era real y podía ser amable, que defendía quien era sin pasar a llevar lo que el otro era y así, poco a poco, comencé a encontrarme en mi apodo. El que había surgido de mi segundo nombre, magdalena, y que realmente me representaba.
¿Qué quedó atrás con el otro nombre? La tristeza escondida, el sufrimiento silenciado y la falta de respeto hacia mí misma. Y siendo que no me fue fácil lograrlo, renunciar a la parte de mí que fingía ser feliz y que le facilitaba la vida a los otros, me siento orgullosa de haberlo hecho. De haber escogido mi nombre por el resto de mi vida y darme el nombre que realmente me pertenece: mane.

